En esta publicación damos lugar a una historia enviada por uno de nuestros lectores, Luis Armella, quien compartió parte de su tesis antropológica sobre una cultura muy particular que… aquí va.

 

¿Los primeros americanos?

En el Ártico sobrevive una antigua cultura que, a pesar de estar inmersa en la posmodernidad, ha preservado las creencias de sus antepasados.

Procedentes de Liberia, los ancestros del pueblo inuit (que significa la gente) cruzaron el estrecho de Bering, llegaron a Norteamérica y se distribuyeron por Groenlandia, Alaska y Canadá. En esas inhóspitas tierras del Ártico, donde abunda el hielo y escasea la vegetación, sus descendientes han desarrollado una vida nómada basada en la caza y la pesca como principales fuentes de sustento. Organizados en clanes familiares y adaptados a las condiciones extremas del gélido entorno, construyen sus iglús, carpas, kayaks y trineos; confeccionan su indumentaria, siempre invernal, y elaboran las herramientas, armas y demás utensilios que les han permitido sobrevivir en tan difíciles circunstancias.

Corvus corax: el cuervo de vuelo eterno

Actualmente los inuit (“el pueblo” o la “gente”, en su lengua) se han incorporado a la vida occidental de los países a los cuales sus territorios pertenecen, pero conservan muchas de sus costumbres y tradiciones, entre ellas los relatos que conforman su mitología. Una de esas narraciones se refiere el cuervo (Corvus corax) como creador del mundo: cuenta la leyenda que esta ave volaba por el cielo sin tener donde posarse, por lo que tiró piedras al mar, creando así la tierra firme. Sobre ella hizo crecer algo de vegetación y la pobló con animales para luego formar al hombre y, por último, a la mujer. Después enseño a los seres humanos todo aquello que necesitaban para sobrevivir. Y una vez cumplida su misión volvió al cielo, desde donde envía a la tierra buen tiempo, si se lo piden, y mal tiempo si se mata a un cuervo.

Este relato confirma la hipótesis de que “el ave lleva a cabo un papel importante en los mitos de creación”, plantea Luis. En el caso de la leyenda inuit, este autor explica que el cuervo se concibe no solamente como un creador personificado, sino también como un animal de “carácter espiritual” y un “héroe civilizador”.

 

Amarok: el espíritu del lobo

Otra narración inuit acerca de los orígenes tiene asimismo como protagonista a un animal de carácter espiritual, el lobo (canis lupus), se trata de Amarok, “el espíritu del lobo”. Según la tradición investigada, los únicos habitantes de la Tierra, eran inicialmente hombres y mujeres. Ante tal desolación, la primera mujer imploró a Kaila, el espíritu del cielo, la existencia de otras criaturas. El ser supremo atendió su plegaria ordenándole que cavara un agujero en el hielo; de ahí fueron emergiendo uno a uno los animales que poblarían el mundo. El último en salir fue el caribú (Rangifer tarandus, mas conocido como reno), considerado por Kaila “el mejor regalo que podía hacerles”; se alimentarían de su carne y con su piel harían sus carpas y ropa.

Una vez liberado, el animal se reprodujo exponencialmente y se distribuyó como especie por todas partes. Sin embargo, los descendientes de aquella pareja humana se dedicaron a cazar sólo a los ejemplares más fuertes y sanos, al grado de que éstos empezaron a escasear y a quedar disponibles únicamente ejemplares débiles y enfermos. De cara al inminente problema de subsistencia, la mujer apeló de nuevo al espíritu del cielo, quién lo solucionó enviando al “espíritu del lobo”.  Las encarnaciones de éste se encargaron de devorar a los caribús más enclenques y enfermizos, gracias a lo cual la disponibilidad de ejemplares saludables para la casa aumentó.

A decir de los expertos, esta leyenda plantea una “teoría de la selección natural” por parte de los inuit, quienes no ven en el lobo a un depredador perjudicial al que deben combatir; por el contrario, lo consideran un aliado en la lucha por la supervivencia, “un regalo del cielo” que agradecen.

 

 Los inuit y sus creencias sobrenaturales

En la tradición inuit se consideraba que existían diversos seres que desde una perspectiva occidental pueden entenderse como sobrenaturales y que conviven con los seres humanos. Algunos eran las potencias espirituales de los fenómenos celestes. Tal es el caso de la protagonista y el antagonista del relato que explica el origen mitológico del sol (siqiniq) y la luna (tatqiq). Aunque hay varias versiones de esta leyenda, básicamente se trata de dos hermanos, Malina y Anningan, que vivían en la misma casa. El la asediaba tanto, que ella se vio obligada a huir con una antorcha en la mano para iluminar su camino hacia el cielo, donde se convirtió en el sol.

“La huida y la persecución se hicieron eternas, apareciendo cada uno en horarios distintos del día. Sólo de vez en vez él consigue darle alcance, que es cuando ocurren los eclipses; sin embargo, Malina logra escapar inmediatamente. En su constante acoso, el hermano luna se olvida de comer y periódicamente adelgaza hasta desaparecer del firmamento, lo cual corresponde con las distintas fases lunares. Su ocultamiento se atribuye al tiempo que se toma para alimentarse y recobrar fuerzas”, explica Armella.

“Para eliminar a Anningan y cesar su hostigamiento, el guerrero de nombre Tulock ascendió al cielo. Al intentar aniquilarlo, no tuvo éxito debido a que la propia Malina lo impidió. Atrapado en las alturas, a Turlock no le quedó otra opción que pulverizarse, dando origen a las estrellas”, remarcó el antropólogo.

 

Mitos sobre el mar

Ilustración de la artista Niken Anindita

Sedna es un planeta menor descubierto en 2003 más allá de la órbita de Neptuno, en los confines del Sistema Solar. Su nombre significa “la de ahí abajo”, hace honor al espíritu de las profundidades marinas, de acuerdo con la mitología inuit.

Sedna era una bella joven que vivía a orillas del mar con su padre viudo. De alma rebelde, para disgusto de su progenitor, se negaba a casarse rechazando a numerosos pretendientes. Entonces, él impaciente por tener descendencia, la obligó a contraer nupcias con un perro. Ambos procrearon una gran familia de la cual surgieron dos pueblos: el de los habitantes originarios y el de los “hombres blancos”, es decir, “los diferentes”, quienes viven en otro lado del océano, en alusión a los pueblos de origen europeo. Pero, advirtiendo que su hija no era feliz en aquel matrimonio, el padre decidió matar al perro, ahogándolo.

Sedna era de nuevo libre, pero sin recursos para satisfacer la necesidades de su familia. Por ello, tras rechazar innumerables propuestas matrimoniales, debió aceptar la de atractivo forastero que le prometió ser un buen proveedor y darle una excelente vida. La llevó a vivir con él a una isla, donde la ambiciosa mujer descubrió que las promesas eran engaños. Para empezar, su esposo no era un ser humano sino un horripilante pájaro (según otras versiones, un cuervo) con poderes sobrenaturales. Además la tenía viviendo en aquel lejano lugar, en medio de incomodidades y precariedad. Lloró tanto por su situación que su padre la escuchó y fue a rescatarla. Se embarcaron de vuelta a casa, pero el despechado marido usó sus poderes para provocar una gran tormenta que les impidió llegar.

Asustado ante el inminente naufragio, el viejo lanzó a su hija al agua para calmar la ira de la criatura.  Pero Sedna pudo aferrarse a la embarcación y el padre cercenó sus dedos. Estos se transformaron en las diferentes especies de la fauna marina polar y ella se hundió en las profundidades convirtiéndose en el gran espíritu del mar, que castiga o recompensa el comportamiento del pueblo inuit.

 

Autor: Luis Armella

 

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